El camino, durante las largas marchas, es también un medio para estar sólo y para pensar en las cosas de cada día o de cada año, y para ver que somos parte de un mecanismo enorme, el de la vida, en el que cada uno debe saber salir adelante, y pasar el testigo al que viene. Esos momentos íntimos son un tesoro, a veces los disfrutamos caminando en silencio, o al lado de un amigo que sabemos está ahí, pero que también va con sus cosas... Los grandes caminantes saben que llegar a Santiago
no es lo primordial, y que hay que saber perderse donde uno se tiene que perder.
Y que a veces, de tanto vagar por los caminos, ya no son suficientes los
atardeceres, los pórticos o las ermitas para dar un día por resuelto. Y bien saben los grandes caminantes que
también uno acude al camino para encontrarse con el amor y con la amistad, en
estado puro, pues el Camino es escuela de encuentros fortuitos, fugaces,
repentinos milagros con los que Santiago premia la fidelidad a esta ruta cuya
magia incomprensible podemos sentir.


















